

Importancia Geopolítica de Venezuela: Reconfiguración Hegemónica, Recursos Críticos y Transición en el Siglo XXI
Raymond Orta Martínez, Abogado, Especialista en Tecnologías
Introducción a la Matriz Geopolítica Venezolana
La importancia geopolítica de Venezuela trasciende su concepción tradicional como mero exportador de hidrocarburos para consolidarse como un pivote geoestratégico de primer orden en la configuración del sistema internacional del siglo XXI.1 La intersección de su ubicación espacial privilegiada, su dotación inmensa de recursos naturales críticos y su rol histórico como epicentro de la confrontación entre las potencias hegemónicas occidentales y las potencias emergentes euroasiáticas, la sitúan en el núcleo neurálgico de las disputas globales contemporáneas. Históricamente, el Estado venezolano ha navegado de forma pendular entre la influencia ineludible de la Doctrina Monroe estadounidense y sus propios intentos, a menudo ambiciosos, de forjar un bloque de poder regional autónomo e independiente mediante el ejercicio de una diplomacia energética asimétrica.
Sin embargo, los eventos acaecidos a principios del año 2026 han catalizado una reconfiguración absoluta, drástica e irreversible de su estatus en la comunidad internacional. El 3 de enero de 2026, la ejecución de la denominada «Operación Libertad Duradera» por parte de las fuerzas militares y de inteligencia de los Estados Unidos, la cual culminó con la captura, extracción y posterior procesamiento judicial del entonces presidente Nicolás Maduro y su esposa Cilia Flores en Nueva York, marcó un punto de inflexión sin precedentes en la historia contemporánea de América Latina y el Caribe.2 Este evento de fuerza mayor no solo desarticuló de tajo la cúpula del poder ejecutivo que había gobernado a la nación sudamericana durante más de una década, sino que expuso de manera descarnada las verdaderas fallas tectónicas de la geopolítica global contemporánea: la transición acelerada de una geopolítica basada casi exclusivamente en los combustibles fósiles hacia una nueva geoeconomía dictada por la supremacía tecnológica, la digitalización masiva y el desarrollo de la inteligencia artificial (IA).2
En este nuevo contexto de fractura institucional, la matriz de poder en Venezuela se encuentra sumida en una fase de transición altamente tutelada y condicionada por actores externos.5 Mientras la nueva administración estadounidense retoma un control asimétrico y directo sobre los flujos energéticos y minerales de la nación sudamericana, potencias revisionistas del orden liberal como la República Popular China y la Federación de Rusia —que durante la última década construyeron una intrincada y profunda red de asociaciones estratégicas, financieras y militares con Caracas— se ven obligadas a recalibrar su presencia y sus proyecciones de poder en el continente americano.6 Simultáneamente, las severas repercusiones de la inestabilidad interna venezolana continúan irradiando profundas ondas de choque hacia los países vecinos, manifestándose en presiones migratorias sostenidas de proporciones históricas, dinámicas de seguridad fronteriza transnacionales de alta complejidad y un realineamiento forzoso de las posturas diplomáticas de potencias regionales clave como Brasil y Colombia.1
El presente informe desarrolla un análisis exhaustivo, multidimensional y rigurosamente detallado de la importancia geopolítica de Venezuela en este nuevo y volátil escenario de 2026. A través de la evaluación pormenorizada de su geografía y control territorial, su infraestructura energética e historial rentista, la revalorización exponencial de sus minerales críticos en la cadena de suministro tecnológico, el papel determinante de los actores internacionales y las complejas ramificaciones sociopolíticas internas, se desentrañan las lógicas de poder subyacentes que operan sobre el territorio venezolano. La premisa central y transversal de este documento analítico indica que Venezuela no es, ni ha sido, un mero receptor pasivo de intervenciones y coyunturas externas, sino el principal campo de batalla hemisférico donde se está definiendo activamente el equilibrio de la hegemonía global entre el bloque euroatlántico consolidado y el eje multipolar euroasiático en expansión.
La Dimensión Espacial: Geografía Estratégica y Control Territorial
El primer pilar estructural que sustenta la innegable relevancia geopolítica de Venezuela es su excepcional y privilegiada geografía. Ubicada en la parte más septentrional de América del Sur, la nación posee una triple fachada de proyección geopolítica que le otorga ventajas comparativas insuperables en el subcontinente: una vasta fachada caribeña, una extensa proyección atlántica y una profunda integración amazónica.1 Esta singular condición geográfica la convierte en la bisagra natural y el puente terrestre ineludible entre las rutas marítimas críticas del hemisferio norte, el acceso directo y fluido al Canal de Panamá, y la inmensa masa continental sudamericana.
La Proyección Caribeña y la Doctrina de Seguridad Hemisférica
La fachada caribeña confiere a Venezuela un control de facto y de jure sobre los corredores marítimos primarios por donde transita diariamente una porción sumamente significativa del comercio global y de los flujos internacionales de hidrocarburos. Esta posición geográfica estratégica no ha pasado desapercibida en ningún momento de la historia para los planificadores del Comando Sur de los Estados Unidos (SOUTHCOM), que históricamente han considerado la cuenca del Mar Caribe como el flanco sur vital de su seguridad nacional y como su «mare nostrum» geoestratégico.4
La postura de resistencia que mantuvo el gobierno venezolano previo a 2026 obligó a Washington a recalibrar su despliegue militar en la región. La militarización progresiva y sistemática de enclaves territoriales como Puerto Rico y las Islas Vírgenes estadounidenses, así como la plena incorporación de naciones clave de la Comunidad del Caribe (CARICOM) —tales como la República Dominicana, Guyana, Surinam y Trinidad y Tobago— a la zona de operaciones directas del Comando Sur, responde directamente a la necesidad imperiosa de Estados Unidos de contener, cercar y eventualmente neutralizar la proyección naval, política y asimétrica de Venezuela en su área de influencia inmediata.4 La neutralización del eje bolivariano en Caracas consolida nuevamente el control indiviso de Washington sobre el Caribe, eliminando el único vector estatal que desafiaba abiertamente su hegemonía marítima en la región.
La Profundidad Amazónica y la Porosidad Fronteriza
Por otro lado, la fachada atlántica y el extenso territorio amazónico y guayanés conectan físicamente al país con los gigantes demográficos, ambientales y económicos del Cono Sur. Venezuela comparte fronteras terrestres sumamente extensas, porosas y de muy difícil fiscalización estatal con la República de Colombia y la República Federativa de Brasil, superando en ambos casos los 2.000 kilómetros de demarcación limítrofe ininterrumpida.8 Esta compleja configuración geográfica amazónica y selvática no solo facilita los proyectos de integración física y de infraestructura a nivel macroeconómico, sino que también propicia, de manera colateral, la proliferación sistémica de economías ilícitas transfronterizas, la operación de grupos armados irregulares y la generación de profundas tensiones migratorias y sanitarias que escapan al control efectivo de las administraciones centrales.8
La Disputa Territorial por la Guayana Esequiba
Dentro de esta ecuación territorial, la geografía venezolana encapsula una de las controversias limítrofes más prolongadas y de mayor impacto económico del continente: la disputa activa y beligerante por el territorio del Esequibo frente a la República Cooperativa de Guyana. El Estado venezolano, independientemente de los cambios en su cúpula ejecutiva, continúa ratificando vehementemente la plena vigencia y aplicabilidad del Acuerdo de Ginebra suscrito en 1966 como el único instrumento jurídico internacional válido para alcanzar una solución práctica, pacífica y mutuamente satisfactoria, instando repetidamente a las autoridades en Georgetown a entablar una «negociación de buena fe».10
No obstante, Guyana, respaldada por importantes consorcios energéticos transnacionales y aliados diplomáticos occidentales, mantiene una defensa férrea, militarizada y categórica de su soberanía integral sobre este vasto territorio de 159.000 kilómetros cuadrados. Esta región no solo representa dos tercios del territorio administrado por Guyana, sino que es excepcionalmente rica en reservas probadas de petróleo en yacimientos offshore de aguas profundas, así como en minerales estratégicos terrestres, por lo que Georgetown ha exigido sistemáticamente a Caracas que cese cualquier acción que pueda socavar la paz y la estabilidad regional.12
La abrupta remoción de Nicolás Maduro del poder en enero de 2026 y la consecuente reestructuración del aparato estatal han generado intensos debates en los círculos académicos y diplomáticos sobre la capacidad real, logística y política del nuevo gobierno de transición —encabezado formalmente por la presidenta encargada Delcy Rodríguez— para sostener y materializar las pretensiones históricas de Venezuela sobre el Esequibo.13 La ausencia del masivo aparato de movilización cívico-militar previo y la actual dependencia del tutelaje extranjero debilitan objetivamente la posición negociadora de Caracas, lo que podría derivar en una consolidación definitiva de la ocupación guyanesa avalada por el sistema internacional, alterando permanentemente el mapa político del norte de Sudamérica.
La Geoeconomía de los Hidrocarburos: Del Rentismo Soberano al Tutelaje Financiero
La historia económica, política y social contemporánea de Venezuela resulta absolutamente incomprensible sin un análisis profundo de su dotación superlativa de hidrocarburos. Poseedora de las reservas probadas de petróleo pesado y extrapesado más grandes del planeta, concentradas mayoritariamente en la vasta Faja Petrolífera del Orinoco, la economía nacional venezolana ha operado de manera consuetudinaria bajo un estricto modelo de rentismo petrolero de Estado.1 Esta colosal riqueza fósil ha sido, paradójica y simultáneamente, la mayor palanca diplomática del país para proyectar poder e influencia a nivel internacional, y su vulnerabilidad macroeconómica estructural más crítica debido a la nula diversificación de su aparato productivo.1
El Repunte Operativo Previo a la Ruptura Institucional
A pesar de haber atravesado una década caracterizada por severos retrocesos operativos, crisis gerenciales, corrupción sistémica, desinversión crónica y el peso asfixiante de un régimen de sanciones internacionales, la industria petrolera venezolana mostró signos innegables de reactivación y resiliencia en el periodo inmediatamente previo a la intervención militar estadounidense de 2026. Durante los primeros diez meses del año 2025, el gobierno venezolano logró reportar a la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP) un crecimiento continuo y sostenido de su producción de crudo.14 Las cifras oficiales demostraron un repunte en números absolutos de 134.000 barriles diarios (b/d), lo que representó un incremento porcentual del 13,4% respecto a los niveles registrados en diciembre del año anterior, acercando la extracción nacional peligrosamente a la barrera psicológica y operativa del millón de barriles diarios.14
La Reconfiguración de las Sanciones y la Arquitectura del Fideicomiso Extraterritorial
La dinámica energética venezolana experimentó una alteración tectónica y definitiva a partir del mes de febrero de 2026. Tras la instauración fáctica del gobierno de transición y bajo las directrices directas de la nueva presidencia de Donald Trump en los Estados Unidos, la política de sanciones coercitivas aplicadas hacia la empresa estatal Petróleos de Venezuela (PDVSA) sufrió una drástica e instrumental reconfiguración, fuertemente orientada al pragmatismo geoeconómico y a la satisfacción de la demanda energética norteamericana.
La administración estadounidense procedió a emitir un nuevo paquete de licencias operativas a través de la Oficina de Control de Activos Extranjeros (OFAC) del Departamento del Tesoro, las cuales flexibilizaron significativamente las severas restricciones previas impuestas a las corporaciones multinacionales.15 Estas licencias autorizaron explícitamente a las grandes petroleras —con Chevron manteniendo un rol protagónico y pionero como la única empresa estadounidense que sostenía operaciones previas en el país— a realizar el pago de impuestos locales, regalías y gravámenes directamente al Estado venezolano, permitiéndoles continuar y expandir sus operaciones extractivas sin el temor inminente de sufrir represalias punitivas o multas multimillonarias por parte del gobierno federal estadounidense.15
Sin embargo, un análisis de segundo orden sobre la letra pequeña de esta flexibilización revela que la medida no constituye, en modo alguno, un levantamiento incondicional de las sanciones ni una restauración de la autonomía económica de Caracas. Por el contrario, instaura una sofisticada arquitectura de fideicomiso financiero extraterritorial. Las normativas de las nuevas licencias estipulan de forma innegociable que los pagos efectuados por las corporaciones por concepto de impuestos nacionales o regalías energéticas deben ser depositados obligatoriamente en cuentas bancarias específicas que se encuentran bajo el control y la supervisión exclusiva del gobierno de los Estados Unidos.16
Adicionalmente, esta arquitectura jurídica exige que la totalidad de los contratos comerciales, de exploración y de extracción que las empresas estadounidenses suscriban con el gobierno de Venezuela o con PDVSA deben regirse estrictamente bajo la jurisprudencia y las leyes de los Estados Unidos. Esto obliga a que cualquier potencial resolución de disputas, arbitraje o conflicto contractual se ventile única y exclusivamente en tribunales ubicados en territorio estadounidense.16 Este mecanismo legal instaura un tutelaje económico sin precedentes que despoja al Estado venezolano de su soberanía financiera fundamental, garantizando estructuralmente que los flujos de capital generados por la propia renta petrolera nacional queden supeditados, filtrados y condicionados a los intereses geoestratégicos y de seguridad nacional de Washington. Es, en esencia, la figura de una soberanía amputada en materia energética.
El Impacto Comercial Inmediato y las Proyecciones de Inversión
A pesar del profundo costo en términos de autonomía estatal, el impacto comercial de esta nueva arquitectura de licencias fue inmediato y contundente en los mercados globales. Para la primera semana de febrero de 2026, los Estados Unidos ya se encontraban recibiendo un flujo constante y voluminoso de crudo venezolano, consolidando a la nación sudamericana nuevamente como el quinto mayor proveedor de materias primas para la inmensa red de refinerías estadounidenses, con un promedio móvil sostenido de 153.000 barriles diarios exportados, recuperando una posición de privilegio comercial que no se observaba desde finales del año anterior.17
La magnitud de este flujo fue ratificada al más alto nivel político cuando el presidente estadounidense Donald Trump, durante un mitin industrial en Georgia, confirmó públicamente que un contingente masivo de 50 millones de barriles de petróleo venezolano se encontraba ya fletado en grandes buques cisterna en tránsito directo hacia el puerto de Houston, Texas.18 Trump no dudó en calificar el volumen extraído y las nuevas relaciones bilaterales de subordinación cooperativa como «extraordinarias» y «fantásticas».19
Simultáneamente, en un esfuerzo por proyectar viabilidad y optimismo económico ante la población local, la presidenta encargada, Delcy Rodríguez —quien curiosamente había ocupado la cartera del Ministerio del Petróleo hasta enero de 2026 antes del quiebre institucional—, anunció proyecciones sumamente ambiciosas. Rodríguez previó la captación de inversiones extranjeras directas en el sector petrolero por un orden superior a los 1.400 millones de dólares exclusivamente para el año 2026, apostando retóricamente a que el país recupere de forma acelerada su estatus histórico de «gigante productor» en el complejo entramado del mercado energético internacional, previendo incluso un salto del 55% en las inversiones del sector.21 Para instrumentar estas metas, se generaron visitas diplomáticas inéditas, incluyendo la recepción oficial del secretario de Energía de los EE. UU. en Caracas, evidenciando la plena integración de Venezuela en la matriz de seguridad energética de Norteamérica.22
El Declive del Poder Blando: La Desarticulación de Petrocaribe y el ALBA-TCP
Para comprender cabalmente la magnitud del retroceso geopolítico que sufrió Venezuela en 2026, es imperativo analizar los esfuerzos previos de integración regional. Previo al violento colapso del gobierno de Nicolás Maduro, el Estado venezolano ejecutó un agresivo y coordinado intento de revitalizar sus principales instrumentos de diplomacia de poder blando y financiamiento asimétrico: la alianza energética Petrocaribe y la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América – Tratado de Comercio de los Pueblos (ALBA-TCP).
Apenas un mes antes de la intervención extranjera, en diciembre de 2025, durante la celebración de la XXV Cumbre del bloque integracionista (realizada de forma virtual y liderada desde Caracas), el ejecutivo venezolano anunció con gran despliegue mediático el relanzamiento definitivo de Petrocaribe como el eje energético y estratégico fundamental de la región.26 El ambicioso plan maestro, diseñado con una proyección hacia la llamada «Agenda 2030 del Alba», consistía en transitar y evolucionar de un modelo estrictamente basado en la exportación subsidiada de crudo hacia un esquema de integración holística de toda la cadena de valor.26 Este nuevo enfoque abarcaba la inversión conjunta, la producción compartida de componentes de hidrocarburos, la refinación soberana y el desarrollo de la industria petroquímica dentro de los propios países miembros del Caribe y América Latina, buscando blindarlos frente a las presiones geopolíticas externas.26
Esta estrategia de soberanía energética iba indisolublemente acompañada de profundas iniciativas orientadas a garantizar la seguridad agroalimentaria de las naciones insulares. El proyecto insignia, el «Barco del ALBA», logró un hito logístico al movilizar exitosamente más de 20.000 toneladas de diversos componentes comerciales a lo largo del año 2025.31 Esta iniciativa logística se enmarcaba en la reactivación del proyecto Agroalba y en la implementación del monumental «Plan de Acción para la Erradicación del Hambre y la Pobreza». Dicho plan, estructurado técnicamente con el apoyo y la asesoría de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), estaba destinado a transformar a los países de la Zona Económica de Petrocaribe en territorios libres de subalimentación.31 El compromiso se materializó cuando el primer buque cargado con alimentos esenciales y fertilizantes llegó a zarpar desde un puerto venezolano, señalizando lo que parecía ser la consolidación de este ecosistema alternativo de integración solidaria y complementariedad práctica.33
No obstante, la captura de la cúpula madurista y la consiguiente toma de control efectivo de los activos y la facturación petrolera venezolana mediante el esquema de licencias fiscalizadas por los Estados Unidos en febrero de 2026 representan una amenaza de carácter existencial y terminal para el bloque ALBA-TCP y para la operatividad de Petrocaribe.34 La incapacidad absoluta de Caracas para disponer libremente y a discreción de sus volúmenes de crudo para el financiamiento asimétrico e ideológico de sus socios regionales erosiona de manera fatal la inmensa influencia geopolítica que Venezuela había construido laboriosamente durante dos décadas en la cuenca del Caribe. Este vacío de poder e insolvencia facilitará inexorablemente el avance de los intereses hegemónicos y corporativos de Washington sobre las pequeñas y vulnerables naciones insulares que, hasta entonces, dependían vitalmente de la solidaridad energética venezolana para la sostenibilidad de sus balanzas de pago.
La Inteligencia Artificial y la Verdadera Guerra Global por los Minerales Críticos
Si bien el petróleo definió casi en su totalidad la importancia geopolítica de Venezuela a lo largo del siglo XX, son los minerales críticos de alta tecnología los que dictan inexorablemente su destino estratégico en el siglo XXI. Un análisis sosegado y carente de sesgos ideológicos revela que la matriz subyacente y el principal motor causal de la intervención militar estadounidense del 3 de enero de 2026 no obedeció de manera exclusiva a una agenda altruista de restauración democrática, ni estuvo impulsada primariamente por la desgastada retórica del combate frontal al narcotráfico internacional.2 Por el contrario, la intervención respondió a imperativos existenciales de supervivencia tecnológica, seguridad nacional y supremacía industrial de Occidente frente al avance irrefrenable de sus rivales sistémicos euroasiáticos. El objetivo inconfesable pero evidente de la «Operación Libertad Duradera» fue asegurar el control fáctico sobre las gigantescas reservas aún inexploradas del Escudo Guayanés y del vasto polígono conocido como el Arco Minero del Orinoco (AMO).2
La Revolución Industrial de la Inteligencia Artificial —la cual define la hegemonía global de la presente década— requiere imperativamente la construcción de infraestructuras masivas de procesamiento de datos, sistemas de enfriamiento líquido de última generación, robótica avanzada, computación cuántica y redes de transmisión de energía limpia. Todos estos componentes de hardware de vanguardia dependen intrínsecamente de una serie de minerales raros que escasean críticamente en las geografías de América del Norte y Europa Occidental. Venezuela, por su particular conformación geológica de data precámbrica, alberga un portafolio de recursos minerales que estimaciones conservadoras sitúan en un valor comercial potencial de hasta 2 trillones de dólares, lo que la posiciona involuntariamente en el ojo del huracán de la nueva carrera espacial y tecnológica de los semiconductores.2
Para dimensionar adecuadamente este peso geopolítico, es necesario desglosar la matriz de recursos minerales venezolanos y su aplicación directa en la industria tecnológica moderna:
| Mineral Estratégico en Venezuela | Aplicación Crítica en la Industria de la Inteligencia Artificial y Tecnología Moderna | Relevancia Geoeconómica y Estimaciones de Reservas |
| Coltán (Oro Azul) | Fabricación de condensadores de tantalio, componentes vitales para servidores de datos masivos de IA y microelectrónica de precisión.2 | Reservas estimadas en al menos 35.000 toneladas en el territorio del Arco Minero del Orinoco.2 |
| Tierras Raras (17 elementos) | Indispensables para la fabricación de imanes superconductores potentes (neodimio, disprosio) esenciales en robótica autónoma, motores EV y sistemas de IA avanzados.2 | Potencial valuado en 100.000 millones de dólares; vitales por sus propiedades de luminiscencia y magnetismo.2 |
| Galio y Germanio | Producción de semiconductores GaN/GaAs de última generación, láseres de grado militar y microchips de altísima velocidad.2 | Requeridos urgentemente para la arquitectura de hardware de próxima generación y sistemas de telecomunicaciones 6G. |
| Cobalto y Litio | Fabricación de cátodos de baterías recargables de alto desempeño y sistemas masivos de almacenamiento de energía para ‘data centers’.2 | Elementos clave para lograr la independencia energética y la transición hacia fuentes renovables en la carrera tecnológica. |
| Oro, Niobio y Torio | Conductores de ultra-alta fidelidad y resistencia térmica (oro/niobio) y reactores nucleares limpios de próxima generación (torio).35 | Alta concentración en el Escudo Guayanés, recursos históricamente sometidos a explotación informal y contrabando. |
El factor trascendental que detonó las alarmas en el Pentágono y el Departamento de Comercio estadounidense es la extrema concentración monopolística del procesamiento mundial de tierras raras, el cual se encuentra dominado en proporciones alarmantes —entre un 70% y un 90%— por la República Popular China.2 Las alianzas estratégicas previas que el régimen de Nicolás Maduro había tejido sostenidamente con Beijing amenazaban a mediano plazo con entregar el acceso irrestricto de estos yacimientos de 17 elementos químicos metálicos (incluyendo lantano, cerio, praseodimio, samario, etc.) directamente al eje euroasiático, y esto ocurriría dentro de las propias fronteras del hemisferio occidental sudamericano.2
Para los estrategas y arquitectos de la política exterior estadounidense, permitir que sus principales competidores sistémicos consolidaran el control absoluto de las cadenas de suministro primarias de hardware para IA a escasas horas de vuelo de la península de Florida constituía un riesgo inaceptable y un imperativo de seguridad nacional que justificó sobradamente la remoción armada del ejecutivo en Caracas.2 Este audaz y contundente acto de fuerza no es una anomalía histórica, sino que emula claramente patrones intervencionistas pasados de la diplomacia coercitiva estadounidense —como la Operación Ajax en Irán (1953) para asegurar las reservas petroleras, la Operación PBSuccess en Guatemala (1954), o el abierto apoyo al golpe militar en Chile (1973) por el control del cobre— pero meticulosamente adaptados al determinismo tecnológico y las urgencias de la cadena de suministro del siglo XXI.2
El Extractivismo Salvaje y la Crisis Socioambiental Profunda en el Arco Minero
La vertiginosa y descontrolada fiebre por la apropiación de estos recursos inestimables ha engendrado, a su paso, una crisis multidimensional y un desastre ecológico de proporciones apocalípticas en el sur de Venezuela. La promulgación del decreto presidencial N° 2248 en el año 2016, mediante el cual se formalizó la creación de la «Zona de Desarrollo Estratégico Nacional Arco Minero del Orinoco», desató una ola de extractivismo salvaje e irracional que pretendió, de manera desesperada, reemplazar la drástica caída de los ingresos de la otrora pujante industria petrolera nacional con un modelo minero altamente destructivo, tecnológicamente rudimentario y de gobernanza sumamente opaca.37
Las consecuencias geopolíticas y humanas de la implantación de este modelo son de una severidad extrema, provocando daños irreparables en uno de los biomas de selva tropical más importantes a nivel global para la mitigación efectiva del cambio climático. Múltiples informes independientes elaborados por coaliciones de defensa ambiental, organizaciones de derechos humanos y observatorios socioambientales (tales como SOS Orinoco y Global Forest Watch) documentan de manera irrefutable una deforestación masiva de la cobertura boscosa amazónica, la contaminación letal de vastas cuencas hidrográficas mediante el vertido incontrolado de cianuro y mercurio, y un impacto asimétrico y desproporcionado sobre la frágil sociodiversidad indígena local.9
Las milenarias poblaciones originarias que habitan la región de Guayana —entre las que destacan los pueblos Warao, Akawayo, E’ñepa, Pumé, Mapoyo, Kariña, Arawak, Piaroa, Pemón, Ye’kwana y Sanemá— sufren diariamente el despojo violento de sus territorios ancestrales, la cooptación forzada de sus jóvenes hacia la esclavitud de las economías ilícitas, la pérdida de sus medios tradicionales de subsistencia y una marginación estructural absoluta frente al avance indiscriminado de las maquinarias mineras.9
Adicionalmente, el monopolio de la violencia y el control territorial en el Arco Minero del Orinoco recayó en una caótica y letal amalgama de actores armados que incluía a facciones corruptas de la propia Fuerza Armada Nacional, grupos guerrilleros de carácter binacional (operando a ambos lados de la frontera colombiana), poderosos sindicatos criminales autodenominados «pranes» y vastas redes transnacionales de minería ilegal.9 Esta dinámica de anomia y ausencia de Estado de derecho ha producido un alarmante y macabro saldo de violencia, desapariciones forzadas, masacres colectivas y una altísima siniestralidad laboral. Solo entre los años 2012 y 2022, los reportes documentaron fehacientemente 72 muertes directas originadas por dantescos accidentes de colapso en minas de oro subterráneas situadas exclusivamente en los estados de Bolívar y Amazonas, con El Callao concentrando la inmensa mayoría de las víctimas mortales; sin embargo, las estimaciones extraoficiales y los testimonios locales sugieren enfáticamente que la cifra real de fallecidos es de una magnitud exponencialmente mayor.41
Simultáneamente a la tragedia humana, instituciones formales del propio Estado venezolano, como la Corporación Venezolana de Minería (CVM), han sido reiteradamente señaladas por investigaciones internacionales de proporcionar un necesario barniz de legalidad estatal (un proceso conocido en la jerga criminal como el lavado de «arenas negras») al oro e insumos extraídos de forma ilícita y sangrienta. Este mecanismo de blanqueo institucional facilitaba el establecimiento de rutas de exportación seguras que conectaban los centros de acopio en el Arco Minero directamente con la infraestructura aduanera del puerto de La Guaira, canalizando los minerales hacia destinos internacionales y saltando los controles del mercado global.41
Las externalidades de esta zona de sacrificio también se convirtieron rápidamente en un formidable vector epidemiológico de carácter transnacional. La desesperada población flotante y empobrecida de todas las regiones de Venezuela que migró hacia las zonas mineras en búsqueda de sustento básico, retornaba posteriormente a sus lugares de origen portando no solo escasos gramos de oro, sino también gravísimas enfermedades infecciosas y parasitarias. Este fenómeno propagó vorazmente padecimientos erradicados como la malaria en amplias regiones del territorio nacional, cruzando inexorablemente las fronteras y afectando gravemente los sistemas de salud pública de Brasil y Colombia.42 Asimismo, las lógicas de violencia sistémica exacerbaron exponencialmente los aberrantes crímenes de trata de personas, explotación sexual comercial, servidumbre y trabajos forzosos impuestos impunemente sobre miles de mujeres y niñas que llegaban engañadas a los campamentos mineros en el estado Bolívar.42
La reciente apropiación de estos territorios por intereses extranjeros hegemónicos, acaecida tras el sorpresivo cambio de gobierno impulsado por la intervención en 2026, plantea profundas y preocupantes interrogantes a la comunidad internacional. Queda por definirse si este feroz extractivismo será finalmente auditado, formalizado y regulado bajo rigurosos estándares globales ESG (Gobernanza Ambiental, Social y Corporativa), o si, por el contrario y de forma más probable, las pulcras cadenas de explotación tecnológica transnacionales se limitarán simplemente a absorber, encubrir y capitalizar las eficientes y despiadadas infraestructuras de extracción ilícitas preexistentes para alimentar sus fábricas de microchips, perpetuando el ecocidio bajo un nuevo ropaje corporativo.
El Eje Multipolar: Rusia, China y la Estrategia de Contención en el ‘Mare Nostrum’ Estadounidense
La relevancia definitoria de Venezuela en el orden global no se comprende a cabalidad sin medir su rol utilitario como ancla territorial y cabeza de playa para las proyecciones de poder estratégico de la Federación de Rusia y la República Popular China en América Latina. La hipótesis histórica de que Estados Unidos detenta la potestad geopolítica y moral exclusiva sobre el continente americano bajo premisas neocoloniales encontró en la Venezuela bolivariana un formidable, persistente e incómodo contrapeso diplomático y militar durante más de dos décadas ininterrumpidas.6
La Cumbre de la Asociación Estratégica Integral con la Federación de Rusia
La culminación formal de esta ambiciosa arquitectura diplomática euroasiática en el país caribeño se materializó el 7 de mayo de 2025 con la solemne firma en la capital moscovita del «Tratado de Asociación Estratégica y Cooperación entre Venezuela y Rusia», el cual fue posteriormente ratificado de forma unánime y sin fisuras por la Asamblea Nacional venezolana y la Duma Estatal rusa hacia finales de ese mismo año.44 Este extraordinario instrumento jurídico elevó las relaciones bilaterales a nivel de política de Estado inamovible, garantizando una relación de alianza privilegiada, blindada y multidimensional que no poseía paralelos en todo el hemisferio de América Latina. Mediante la rúbrica de este pacto, Venezuela se posicionó al mismo nivel diplomático de aliados neurálgicos, históricos y vitales de la Federación de Rusia, tales como China, la República Islámica de Irán, la República de Belarús y la República Popular Democrática de Corea.44
El monumental tratado definió una detallada hoja de ruta proyectada a diez años (con metas trazadas hasta el año 2030) que estaba expresamente diseñada para fortalecer y garantizar la soberanía tecnológica, la independencia financiera y el blindaje técnico-militar de Venezuela frente a la escalada de presiones, sanciones y «guerras híbridas» provenientes del bloque occidental. Este plan maestro se operativizaba ejecutivamente mediante la Comisión Intergubernamental de Alto Nivel (CIAN) Rusia-Venezuela.44 Durante la crucial XVIII Reunión de la CIAN, celebrada con la presencia de altos jerarcas de ambos gabinetes, se cristalizaron y suscribieron 17 documentos vinculantes, trabajados a través de 13 subcomisiones especializadas, abordando sectores medulares para la supervivencia del Estado.44
| Área de Cooperación Estratégica Rusia-Venezuela (Acuerdos CIAN 2025) | Proyectos Estratégicos Específicos Suscritos |
| Energía, Hidrocarburos y Refinación | Establecimiento de memorándums para la formación técnica y capacitación especializada en crudo, gas y petroquímica mediante alianzas entre PDVSA y la Universidad Federal de Kazán.44 |
| Seguridad Industrial Petrolera y Tecnológica | Desarrollo conjunto de tecnologías críticas, suministro de equipamiento avanzado y asistencia técnica para infraestructuras petroleras (Alianza entre PDVSA y el conglomerado ruso RT Project Technologies).44 |
| Geología, Prospección y Minería (2024-2025) | Implementación de una estricta «Hoja de Ruta» técnica para la exploración, evaluación y uso del subsuelo entre los Ministerios de Recursos Naturales de ambos Estados soberanos.44 |
| Administración Aduanera, Fiscal y Comercio | Creación de protocolos directos de intercambio de información sensible con el complejo sistema arancelario de la vasta Unión Económica Euroasiática.44 |
| Seguridad, Defensa e Inteligencia | Acuerdos confidenciales de cooperación técnico-militar, asistencia en la lucha frontal contra el terrorismo, el extremismo y estrategias conjuntas para la neutralización de «guerras híbridas» asimétricas.44 |
Este formidable entramado legal e institucional buscaba, en última instancia, asegurar un anclaje geoestratégico inexpugnable de Moscú en las inmediaciones geográficas de Washington. Sin embargo, la sorpresiva captura de Nicolás Maduro y el colapso del entramado de seguridad estatal venezolano en enero de 2026 supusieron una ruptura traumática y un golpe devastador para la agenda geopolítica del Kremlin. A pesar de la humillación estratégica que esto representó, el gobierno de la Federación de Rusia, haciendo gala de su tradicional realpolitik, optó por un enfoque sumamente pragmático frente al irrefutable escenario de los hechos consumados en el terreno. En lugar de escalar la retórica bélica, Moscú reconoció velozmente a Delcy Rodríguez como la presidenta encargada y legítima gestora de la inestable transición, calificando la precaria continuidad del aparato ejecutivo como un paso indispensable para garantizar la paz, evitar el derramamiento de sangre y salvaguardar la estabilidad regional. Al mismo tiempo, Rusia reafirmó retóricamente su inquebrantable compromiso en la defensa de la soberanía estatal frente a la injerencia coercitiva occidental, intentando preservar así los inmensos intereses corporativos e inversiones que empresas rusas aún mantienen en el país sudamericano.45
La Proyección de la República Popular China y su Voraz Ecuación Energética
Por su parte, la República Popular China observa a Venezuela primordialmente a través del prisma pragmático de su insaciable y creciente demanda de materias primas y energía. Con un voraz consumo interno de petróleo que en el año 2021 superaba holgadamente la asombrosa cifra de 15,4 millones de barriles diarios, acompañado de un consumo de gas natural que rozaba los 378 billones de pies cúbicos —cifras que contrastan dramáticamente frente a una producción interna ostensiblemente menor y estancada—, Beijing depende de manera existencial de la forja de sólidas alianzas estratégicas ultramarinas para garantizar su seguridad energética y la continuidad de su formidable maquinaria industrial.46 Durante años, Venezuela ha fungido como una indispensable cabeza de playa y un socio prestatario fundamental para la entrada masiva de capitales y megaproyectos de infraestructura chinos en América Latina. Esta relación pionera abrió los canales diplomáticos necesarios para que otras potencias emergentes y economías robustas de la región, como Brasil y Colombia, establecieran lucrativos acuerdos comerciales con Beijing, erosionando paulatinamente la histórica hegemonía geoeconómica y financiera que Washington ostentaba sin contrapeso en el hemisferio sur.6
Ante la sorpresiva ejecución de la «Operación Libertad Duradera» en 2026, el Ministerio de Asuntos Exteriores de China reaccionó con contundencia dialéctica y un severo rechazo diplomático. Beijing declaró oficial y públicamente que la intervención militar estadounidense infringía de manera frontal y flagrante la soberanía territorial de Venezuela, constituyendo una amenaza directa e inaceptable a la paz institucional en el Caribe y América Latina.47 La diplomacia china exigió categóricamente la liberación inmediata e incondicional de Nicolás Maduro y su esposa, argumentando jurídicamente que las acusaciones y acciones judiciales extraterritoriales emprendidas unilateralmente por los tribunales de Estados Unidos desestabilizaban severamente el delicado entramado de las relaciones internacionales.45 A nivel precautorio y asumiendo la gravedad de la crisis, China alertó oficialmente a sus ciudadanos y corporaciones expatriadas sobre el incremento drástico de los riesgos de seguridad derivados directamente de las hostilidades y agresiones militares estadounidenses desatadas en la nación caribeña.47
La caída abrupta e incruenta del antiguo régimen venezolano es interpretada de forma unánime por los principales analistas internacionales y tanques de pensamiento como una clarísima e inequívoca advertencia en el marco de la encarnizada lucha de poder global orientada hacia la contención de China y la República Islámica de Irán.48 Este evento disruptivo demuestra empíricamente la plena disposición de la administración en Washington a ejercer la fuerza militar unilateral y ejecutar acciones cinéticas («kinetic action») de alta intensidad para desmantelar quirúrgicamente aquellos nodos críticos del bloque multipolar que tengan la audacia de interponerse en su sagrada cadena de suministro de minerales críticos, o que osen desafiar su inveterada doctrina de dominancia exclusiva en la esfera geopolítica americana.
A pesar de la severidad de las condenas públicas emitidas desde las capitales euroasiáticas, es un hecho geopolítico insoslayable que ni Rusia ni China tomaron la decisión de escalar el conflicto al ámbito bélico o movilizar activos militares navales en defensa de su aliado caribeño. Esta pasividad forzada confirma dolorosamente los límites logísticos, operacionales y asimétricos de su poder real de proyección expedicionaria militar fuera del inmenso continente euroasiático, dejando finalmente a las instituciones en Caracas a completa merced de la profunda reorganización política y económica impuesta unilateralmente por los dictados de la Casa Blanca.
Dinámicas y Repercusiones Regionales: El Tablero Latinoamericano
La inmensa volatilidad del pivote territorial venezolano irradia constantes y destructivas ondas de choque sociopolítico hacia absolutamente todos sus vecinos, alterando estructuralmente la estabilidad, la demografía y la gobernabilidad de gran parte de América del Sur. Ninguna métrica evidencia esta trágica realidad de forma más dramática, sostenida y palpable que la crisis migratoria continuada y sus colosales ramificaciones socioeconómicas en las naciones receptoras.
La Dimensión de la Crisis Migratoria y el Plan de Respuesta Humanitaria (RMRP 2025-2026)
La persistente incapacidad estructural de la colapsada economía nacional venezolana para sustentar las necesidades fisiológicas y económicas más básicas de su población desencadenó durante años un éxodo humano masivo, sin precedentes en la historia del hemisferio occidental, que en la actualidad ejerce una presión fiscal y operativa extraordinaria sobre los frágiles sistemas de salud, educación y bienestar social del continente americano. El exhaustivo documento oficial del Plan Regional de Respuesta para Refugiados y Migrantes (RMRP) proyectado para el bienio 2025-2026 traza un escenario de altísima complejidad y extrema vulnerabilidad humana. Según las estadísticas consolidadas, las diversas autoridades de acogida en la región han realizado esfuerzos titánicos para facilitar el acceso a documentación legal y regularización a aproximadamente 4,5 millones de ciudadanos venezolanos; sin embargo, el profundo Análisis de Necesidades (RMNA) correspondiente al ciclo 2024 revela la sombría realidad de que al menos 4,18 millones de personas en condición de movilidad continúan luchando desesperadamente por acceder a servicios esenciales, sistemas de protección básica y mecanismos reales de integración socioeconómica.49
La inmensa cobertura territorial del plan RMRP involucra directamente a 17 naciones de América Latina y el Caribe, recayendo el peso principal del esfuerzo humanitario sobre receptores primarios fronterizos y de tránsito como Colombia, Brasil, Perú y Chile.49 El plan logístico traza una meta operativa de asistencia prioritaria dirigida a socorrer a más de 2,34 millones de personas, integrando de manera inteligente en sus programas de resiliencia tanto a los refugiados y migrantes como a los miembros más vulnerables de las comunidades locales receptoras que se han visto profundamente afectadas por el shock demográfico.49 Para lograr esta gigantesca empresa, el RMRP coordina milimétricamente la intervención sobre el terreno de 230 socios institucionales —incluyendo agencias especializadas de la ONU, el Banco Mundial y centenares de ONG—, los cuales están encargados de ejecutar y supervisar más de 23.600 actividades de socorro distribuidas en nueve sectores temáticos críticos (Seguridad Alimentaria, Salud, Nutrición, Agua y Saneamiento, entre otros).49
| Dimensiones y Métricas Clave de la Crisis Migratoria Venezolana (Datos RMRP 2025-2026) | Cifras Oficiales y Detalles Estratégicos de la Respuesta Multilateral |
| Población Total Regularizada en Países de Acogida | Aproximadamente 4,5 millones de ciudadanos venezolanos con estatus legal reconocido.49 |
| Población Vulnerable en Necesidad Humanitaria Crítica | 4,18 millones de refugiados y migrantes afrontando severas privaciones.49 |
| Objetivo Demográfico de Asistencia Directa (Meta 2025-2026) | 2,34 millones de personas priorizadas (incluyendo comunidades de acogida impactadas).49 |
| Geografía y Alcance Territorial de la Respuesta | Despliegue en 17 países soberanos ubicados a lo largo de América Latina y el Caribe.49 |
| Estructura Operativa y Logística del Plan | Coalición de 230 socios institucionales coordinando la ejecución de más de 23.600 actividades humanitarias sectorizadas.49 |
Un factor desestabilizador de primera línea identificado claramente por los organismos multilaterales en sus evaluaciones de riesgo es la existencia de una «dualidad tóxica» profundamente enraizada entre la irregularidad migratoria legal y la altísima informalidad laboral en los mercados de destino.49 Esta perversa condición estructural somete diariamente a las indefensas poblaciones desplazadas a caer en las garras de letales redes de trata de personas, mafias de tráfico fronterizo, prácticas de explotación laboral extrema, niveles crónicos de inseguridad alimentaria y la privación sistemática de servicios educativos y de sanidad básica.49 Estas dinámicas generan fricciones sociológicas tangibles que erosionan velozmente la cohesión social en los países vecinos, fomentan la alarmante instrumentalización política de la xenofobia en los discursos electorales y amenazan con desestabilizar la gobernabilidad de las democracias receptoras.
El Realineamiento Diplomático y el Posicionamiento de Colombia y Brasil
La sorpresiva e intempestiva incursión militar estadounidense de enero de 2026 forzó una rápida, obligatoria y compleja alineación diplomática por parte de los dos actores geopolíticos limítrofes más relevantes y con mayor peso específico en la región: la República de Colombia y la República Federativa de Brasil. Ante la gravedad de los acontecimientos, el 8 de enero de 2026, los presidentes progresistas Luiz Inácio Lula da Silva y Gustavo Petro sostuvieron consultas telefónicas de máxima emergencia con el objetivo ineludible de unificar criterios y coordinar una postura conjunta de Estado frente a la crisis desatada en sus fronteras.8
Ambos mandatarios sudamericanos manifestaron de manera conjunta un enérgico, frontal y rotundo rechazo al empleo unilateral de la fuerza militar y a la invasión contra un Estado soberano sudamericano. Los líderes argumentaron sostenidamente que tal proceder injerencista vulnera de manera irreparable los cimientos del derecho internacional público, violenta los postulados fundamentales de la Carta de las Naciones Unidas y cercena la soberanía de la nación venezolana.8 Petro y Lula advirtieron a la comunidad internacional que estas acciones punitivas sientan un precedente legal y militar «extremadamente peligroso» que amenaza con dinamitar la paz, la seguridad y el frágil orden hemisférico, retornando a la región a las épocas más oscuras del intervencionismo armado.8
El gobierno brasileño decidió materializar su firme posición retórica con acciones palpables de mitigación humanitaria. El presidente Lula ordenó de manera expedita el envío inmediato de 40 toneladas de insumos médicos vitales —parte inicial de un contingente mayor ya recolectado de 300 toneladas de ayuda— orientadas principal y urgentemente a la reposición de agotados suministros y soluciones químicas de diálisis que habían sido lamentablemente destruidos durante los bombardeos tácticos estadounidenses sobre las infraestructuras logísticas y centros de suministro en Venezuela el día de la intervención armada.8 Por su parte, el presidente colombiano Gustavo Petro, asumiendo una postura de confrontación diplomática directa, sostuvo tensos diálogos telefónicos con su homólogo Donald Trump en medio de un clima enrarecido de altísima fricción, marcado por veladas amenazas y acusaciones infundadas emanadas directamente desde la Casa Blanca hacia el Palacio de Nariño.8
Este justificado rechazo de las cancillerías de corte progresista contrastó de manera polarizante y diametral con el alborozo y el apoyo irrestricto manifestado abiertamente por diversas facciones políticas conservadoras y de extrema derecha a lo largo del hemisferio. Sectores neurálgicos ligados estrechamente al bolsonarismo en Brasil (liderados por figuras prominentes como Flávio y Eduardo Bolsonaro) endosaron irrestrictamente y celebraron como un triunfo propio el éxito de la «Operación Libertad Duradera».50 Estas facciones no dudaron en legitimar la teoría oficial de Washington sobre el necesario desmantelamiento de un supuesto narco-terrorismo de Estado, y aprovecharon la coyuntura para emitir públicas y altisonantes advertencias políticas dirigidas a presionar a los líderes de izquierda de la región —citando con nombre y apellido al propio presidente colombiano Gustavo Petro—, vislumbrando y deseando abiertamente que potenciales réplicas intervencionistas «aleccionadoras» pudieran aplicarse en un futuro cercano contra otras administraciones sudamericanas que no se alinearan con los dictados del norte.50
Transición Política, Conflicto Social Interno y el Nuevo Paradigma Institucional
A nivel estrictamente doméstico y territorial, la abrupta, violenta y forzada sustracción del poder de la férrea cúpula madurista no derivó, como prometían las narrativas optimistas foráneas, en una pacificación institucional o en una estabilización política automática. Por el contrario, la nación se vio inmersa de inmediato en un sumamente complejo, turbulento y opaco proceso de «transición tutelada».5 Este nuevo gobierno, administrado en la práctica bajo las estrictas prerrogativas y la vigilancia atenta de Washington, y liderado de facto en el terreno por Delcy Rodríguez en calidad de presidenta encargada, inauguró una etapa de alta incertidumbre.5 Este confuso rediseño arquitectónico del poder centralizado suscita profundas y legítimas interrogantes analíticas sobre la capacidad real, efectiva y soberana que poseen las fuerzas tradicionales de la oposición democrática interna y los movimientos cívicos para influir verdaderamente en las directrices maestras de la anhelada reconstrucción institucional de la república.51
El súbito vacío temporal de autoridad coercitiva y las inevitables fricciones derivadas de la imposición del nuevo statu quo desencadenaron de manera espontánea un repunte altamente significativo de la agitación y la movilización social de las masas. Durante el convulso mes de enero de 2026, los rigurosos balances del Observatorio Venezolano de Conflictividad Social (OVCS) documentaron estadísticamente un drástico incremento del 53% en el índice nacional de protestas cívicas en comparación con los meses precedentes.3 La sociedad civil organizada, perdiendo el miedo a la represión previa, retomó y abarrotó vigorosamente las calles y plazas de las principales ciudades reclamando el restablecimiento pleno, incondicional y absoluto de sus derechos civiles y políticos conculcados durante años.3 Las multitudes exigieron a viva voz la liberación inmediata y sin condiciones de todos los prisioneros de consciencia y disidentes políticos heredados de las prisiones y centros de tortura de la administración anterior, así como el establecimiento de garantías fehacientes de justicia transicional frente a los horrendos crímenes documentados fehacientemente por organismos internacionales (como Human Rights Watch) referentes a brutalidad policial, tortura sistemática en calabozos de inteligencia y persecución política letal.3
Asimismo, las masivas protestas ciudadanas de enero de 2026 exhibieron un fortísimo, vocal y generalizado componente de rechazo hacia la presencia y el accionar de los diversos cuerpos de seguridad del Estado. La desconfianza permanente, visceral y fundamentada de la población civil hacia los estamentos policiales y militares —producto directo de incontables excesos históricos en el uso desproporcionado de la fuerza armada, abusos de poder cotidianos, hostigamiento en barriadas populares, ejecuciones extrajudiciales encubiertas y prácticas sistémicas de extorsión y matraca— se manifestó abierta y desafiantemente en las barricadas.3
En respuesta pragmática a este insostenible clima de presión civil en ebullición, y como parte integral de los complejos acuerdos transaccionales y de apaciguamiento fraguados en las sombras posteriormente a la intervención militar de Estados Unidos, el ejecutivo provisional tomó medidas jurídicas paliativas. Se redactó y promulgó a instancias de Delcy Rodríguez un controvertido proyecto de ley de amnistía general, defendido retóricamente por la presidenta encargada bajo la filosófica premisa moral de «saber pedir perdón» para sanar las heridas de la nación.54 Esta legislación de justicia transaccional derivó operativamente en la liberación escalonada de importantes contingentes de prisioneros políticos, tanto nacionales como de origen extranjero, un hecho que, si bien generó resquemores entre las víctimas que exigían justicia penal plena, fue saludado positivamente y con evidente alivio por el grueso de la comunidad diplomática internacional y por los ansiosos gobiernos de los países vecinos que buscaban una distensión inmediata del conflicto.8
A pesar de estos tibios avances en materia de derechos civiles, la gobernabilidad futura y la viabilidad del país como Estado Nación independiente penden de un hilo sumamente delicado y quebradizo. El proceso de transición exige imperativamente a sus líderes lograr conciliar las altísimas e insatisfechas exigencias ciudadanas de una redemocratización genuina, con la cruda realidad material de un entorno geopolítico donde los resortes macroeconómicos fundamentales (específicamente la vital fiscalidad petrolera y la propiedad sobre los minerales críticos) están siendo auditados, confiscados y operados de manera remota desde cuentas fiduciarias bajo jurisdicción y leyes extranjeras.16 Este inaudito esquema de intervención financiera configura, en términos politológicos estrictos, una soberanía estatal severamente amputada que, si bien puede garantizar y facilitar el flujo de inyecciones de liquidez de emergencia a corto plazo para mitigar el hambre y la escasez, limita estructuralmente y castra la viabilidad a largo plazo de erigir un proyecto de Estado independiente, soberano y provisto de la fortaleza institucional necesaria para forjar y sostener pactos sociales duraderos entre sus ciudadanos.16
Conclusiones y Perspectivas Estratégicas a Futuro
El análisis exhaustivo, interconectado y riguroso de todos los vectores geográficos, energéticos, tecnológicos, ambientales y sociopolíticos que convergen sobre el territorio de Venezuela permite decantar las siguientes conclusiones analíticas de alto nivel, las cuales definirán inevitablemente la evolución del panorama geopolítico del hemisferio occidental a mediano y largo plazo:
- La Transición Definitiva de un Paradigma Petrocéntrico a la Soberanía Tecnológica Militarizada: La profunda importancia geopolítica de Venezuela en la presente década ya no radica, de manera exclusiva ni primordial, en el inmenso volumen inerte de sus reservas de crudo extrapesado. El centro de gravedad ha pivotado violentamente hacia su vasta y aún no cuantificada dotación de minerales raros, galio, germanio, litio y coltán. Estos insumos metalúrgicos constituyen la irremplazable columna vertebral del hardware físico necesario para sostener la hegemonía global, económica y militar en los albores de la era de la Inteligencia Artificial. La exitosa y rápida intervención militar estadounidense de enero de 2026 demostró empíricamente que las grandes potencias occidentales están plenamente dispuestas a saltarse el andamiaje del derecho internacional y emplear la coerción armada directa («kinetic options») con el único fin de evitar que el rival bloque euroasiático (específicamente el conglomerado industrial de China) logre monopolizar la extracción de estos inestimables elementos estratégicos en el corazón mismo del hemisferio occidental.
- La Arquitectura Jurídica del Neo-Tutelaje Financiero e Institucional: El complejo modelo de levantamiento de sanciones corporativas implementado por la administración de los Estados Unidos en febrero de 2026 representa una de las formas más sofisticadas, intrusivas y eficientes de control geoeconómico y neocolonialismo financiero observadas en el presente siglo. Al permitir magnánimamente a las gigantes corporaciones petroleras reactivar sus operaciones de extracción y saldar sus millonarios tributos locales, pero obligando simultánea e inexorablemente a que la totalidad de dichos fondos soberanos se alojen de manera cautelar en cuentas controladas celosamente por agencias federales de Estados Unidos bajo leyes jurisdiccionales estrictamente norteamericanas, se neutraliza de raíz y para siempre la capacidad operativa de la élite gobernante venezolana de emplear libremente la renta energética nacional para forjar alianzas ideológicas adversas a Washington (tal como se había intentado infructuosamente con la malograda reactivación del bloque ALBA-TCP y Petrocaribe a finales de 2025). En la praxis política actual, el Palacio de Miraflores en Caracas opera hoy como un mero ente administrador territorial, profundamente condicionado por la absoluta discrecionalidad presupuestaria del Departamento del Tesoro estadounidense.
- La Evidencia de los Límites Tácticos del Poder Proyectado Euroasiático: La comprobada incapacidad fáctica y militar de la poderosa Federación de Rusia y del gigante económico de la República Popular China para lograr disuadir, frenar o repeler la arrolladora intervención militar estadounidense sobre su principal y más promocionado socio estratégico en toda América Latina revela de manera cruel pero realista los insuperables límites logísticos, navales y militares que enfrenta la retórica de la multipolaridad en la actualidad. Pese a haber invertido décadas de esfuerzo diplomático, miles de millones de dólares en préstamos atados y de contar con el Tratado de Asociación Estratégica más ambicioso y blindado jurídicamente del continente sudamericano, los planificadores en Moscú y Beijing debieron resignarse amargamente a la inofensiva diplomacia de las condenas públicas ante foros internacionales y a un extremadamente rápido reconocimiento pragmático del nuevo gobierno de transición apadrinado por Estados Unidos. Esto evidencia incontrastablemente que la histórica «esfera de influencia» de Washington sobre el conjunto de las Américas, lejos de estar en decadencia, sigue manteniendo un sólido e incuestionable respaldo de disuasión militar ineludible e inigualable.
- La Fragilidad Regional Inherente y las Amenazas Estructurales al Subcontinente: Las colosales externalidades negativas y los daños colaterales derivados del prolongado colapso institucional y económico venezolano no se resolverán de manera mágica ni automática mediante un simple cambio de cúpula en el poder ejecutivo central o la imposición de fideicomisos extranjeros. El doloroso éxodo sostenido de más de 4,18 millones de personas en condición de movilidad forzada y altísima vulnerabilidad material seguirá dictando, tensionando y condicionando severamente las agendas de seguridad interna, los presupuestos de salud y las dinámicas electorales de naciones limítrofes y de tránsito como Colombia, Brasil, Chile y Perú durante la próxima década. A esto se suma que la imparable destrucción irreversible de las cuencas fluviales amazónicas causada por el extractivismo incontrolado, corrupto y salvaje promovido dentro del polígono del Arco Minero del Orinoco amenaza gravemente la resiliencia climática y la bioseguridad del continente sudamericano entero. Además, la impredecible reactivación de enconadas disputas fronterizas centenarias, como la beligerante reclamación territorial del Esequibo, se mantiene latente como una peligrosa chispa geopolítica potencial que puede deflagrar fácilmente en conflictos armados convencionales de intensidad media si los actores estatales involucrados, impulsados por presiones internas o intereses corporativos foráneos, deciden asumir posturas diplomáticas inelásticas en ausencia de un garante de paz regional fuerte.
En síntesis, la República Bolivariana de Venezuela, a pesar de sus tragedias internas, sigue siendo el pivote geopolítico crítico sobre el cual gravita el destino de América del Sur. Su futuro próximo y su viabilidad como nación no estarán determinados por un idílico resurgimiento soberano e incondicionado cimentado en valores democráticos puros, sino estrictamente por su precaria y limitada capacidad de adaptación para administrar, mitigar y sobrevivir a las brutales presiones asimétricas impuestas por un orden internacional neo-mercantilista y despiadado. La imprescindible pacificación de su polarizada política interna requerirá dolorosas concesiones morales de todas las partes en conflicto, mientras que la compleja estabilización a largo plazo de su maltrecha economía dependerá exclusivamente de cómo navegue el país su nuevo y trágico rol involuntario: servir como la principal zona cautiva de extracción primaria, libre de rivales euroasiáticos, destinada a saciar la inminente, feroz y voraz revolución tecnológica, energética y armamentística del mundo occidental. La estabilización genuina y la paz social verdadera demandan el milagro político de que este país logre finalmente traducir su maldición histórica de la abundancia de recursos en mecanismos institucionales reales de desarrollo humano inclusivo, un horizonte civilizatorio que, a la cruda luz de los recientes y avasalladores movimientos tácticos de las fuerzas hegemónicas sobre el tablero global, permanece profundamente oscuro, tutelado y asombrosamente incierto.
Works cited
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