El año 2026 ha consolidado un cambio de era irreversible en la geopolítica y geoeconomía mundiales. El sistema internacional, históricamente basado en reglas multilaterales relativamente estables y previsibles, está siendo desmantelado y reemplazado por un entorno caracterizado por una feroz competencia hegemónica, una acelerada fragmentación económica, el rearme de las potencias y la redefinición agresiva de las alianzas estratégicas globales.1 En este escenario de alta volatilidad, marcado por eventos disruptivos y sin precedentes, como la intervención militar directa de Estados Unidos en Venezuela, el colapso logístico derivado del cierre del Estrecho de Ormuz y el estancamiento de las negociaciones de paz en el Medio Oriente, México se encuentra posicionado en el epicentro de una vulnerabilidad asimétrica, pero también ante una oportunidad histórica irrepetible.2